A aquella chica le asomaba el atractivo
hasta en las flatulencias.
No digamos en otras cosas,
como los ojos.
También las tetas y las nalgas,
que así mismo se cuentan por pares.
Pues llamas eran los unos
y proclama
y guardia de corps las otras.
Como si fulgor y pujanzas fueran talismán
o llave que pudieran abrirle,
con mayor facilidad que al resto de los mortales,
algunas puertas de la vida.
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