Dudo que haya alguien a quien pueda interesar lo que referiré a continuación, pero quiero confesar que yo acostumbraba a manuscribir mis textos. Incluyo entre ellos relatos, versos, artículos, diálogos: en definitiva toda la variopinta y abigarrada diversidad de gilipolleces que en algún momento me he empeñado en perpetrar . Lo estuve haciendo hasta hace relativamente poco; escribir a mano quiero decir. Y lo hacía con pluma estilográfica por pura complacencia. Por eso y también por cierto mimetismo funcional; por ver si con ese gesto de elegante estilo se me pegaba algo del oficio y las maneras de todos los escritores consagrados, que yo gustaba en imaginar utilizando tan honrosa y tradicional herramienta. Pero dejé de redactar en forma manuscrita porque, entre otras razones, yo soy de mucho corregir, de modificar abusivamente, de cambiar de forma compulsiva, pues casi nunca llego a sentirme satisfecho con lo escrito. La verdad es que dejaba mis borradores hechos una auténtica piltrafa: maltrechos por las tachaduras, los sobrescritos y las correcciones repartidas anárquicamente por cualesquiera espacios marginales. El cambio se produjo cuando entró en mi vida el primer procesador de textos. Desde aquel momento pude borrar cuanto quise en beneficio de la pulcritud y el orden permanente en mis copias de trabajo, aunque a costa de la pérdida de esa añeja distinción que tan grata me resultaba. Las estilográficas quedaron así postergadas en el oscuro rincón de alguna gaveta perdida, en espera de que alguien las reciba como legado póstumo, o lo que sea, de uno que nunca llegó a ser porque nunca tuvo huevos para intentarlo. Y allí permanecen, supongo. En realidad lo que me gustaría es rebelarme contra mí mismo en esto de la observancia de la pulcritud y volver a escribir a mano y con pluma en lugar de digitar sobre un moderno teclado. También me gustaría disponer de una amante reconocida y sofisticada, joven por supuesto, de acomodadísima familia, lánguidamente parisina y con buenas tetas; porque todo el mundo sabe que son precisamente este tipo de amantes las que prestigian después la leyenda extraliteraria y vendible de cualquier autor que quiera preciarse de estar socialmente enrollado. Lo cierto es que ahora todo lo que escribo luce bastante más clean, pero también resulta mucho menos charmant y bohemio. Y encima sin amante escandalosa y neurasténica que pueble de jugosos rumores mi biografía. Si es que no se puede tener todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario