Poéticas del coño

 


Competían Melita, Rodope y Rodoclea
por ver cual de las tres tenía el mejor coño
y me nombraron juez. Como las diosas célebres
se levantan desnudas, ungidas con el néctar.
Brillaba el de Rodope suntuoso en el centro de sus muslos
como hendido por céfiros de rosas.
Como cristal era el de Rodoclea, húmedo como imagen
en un templo, recién acabada de esculpir.
Pero yo, que sabía lo que sufriera París con su fallo,
a la tres ya inmortales coroné.

RUFINO
(Éfeso, Jonia, S. II/III d.c.)

(Otro)



"Las orejas recién hechas y los sexos recién hechos se parecen mucho"
                                                                      (Haruki Murakami. 1Q84)

Salífera fragancia,  leche tibia 
de coño, que me es dado degustar
entre el compás abierto de tus muslos, 
bajo un velo de noches empapadas.

Libaciones que saben a obscenidad de siglos.

Conmensurable senda,  lienzo de Modigliani,
sin áspero boscaje que ate mi salaz vena 
de taciturno sátiro.

                                                                                          (Serge S. Nabrod)

                                                                   
A veces llego a creer que el mejor sexo es el que queda latiendo entre imaginación y deseo.

A veces llego a pensar que las más bellas palabras de amor 
son las que nunca se pronuncian.
                                                           

me inclino sobre tu sexo
coño nuestro de cada día

en su humedad me hundo
bebiéndote

mas te como y juntos
precipitándonos 
chorreamos saliva y abundancia

tu coño-sexo en mi boca golosa
y ella en él.

                                                                                             (Alexander Bolsky)








(Otro)


Del coño de doña Inés

nunca se hizo mención

en los versos de Zorrilla.

Qué nos diría don Juan

y su tenoria opinión

respecto al citado coño.

 

Como una fruta de otoño

tal vez se lo imaginase

el sevillano galán,

si están pensando en un higo

no van a dar un traspiés

miren bien lo que les digo:

seguro que acertarán.

 

Desde Utrera hasta Logroño

no soñó don Juan Tenorio

mejor coño 

que el de Inés.

                             

                                           (Anónimo)

                                                    

(Otro)


Resulta que desde hace algún tiempo... pues que vengo viendo coños. O sea a mi alrededor quiero decir. En torno a mí vamos,  compartiendo conmigo ese ámbito natural y cotidiano de mi propia existencia. Pero entendámoslo,  que no estoy diciendo que me halle cautivo por alguna suerte de obsesión paranoide.  Para nada me estoy rayando con ese tema, no. O al menos no soy consciente de ello.  Porque no me persiguen coños voraces dotados de patas y dientes.  No me acosan,  intentando succionarme para sepultarme en su pulposo interior: ominosamente húmedo, insondable. Lo que quiero decir es que últimamente,  cada vez que veo a una tía,  no puedo evitar que mis pensamientos se precipiten en el intento de determinar cómo estará configurado y constituido su recóndito coño. Y eso antes como que no  me ocurría,  porque hasta ese momento,  y dando justificado cumplimiento a un consabido tópico,  podíamos decir que yo me mantenía como inveterado y  fiel observador del irresistible poder de la teta.
Pero en los últimos tiempos es como si sólo pudiese apreciar en las mujeres esa sección tan baja y genital, a la par que sublime, de su irresistible anatomía,  ofrecida a mí en beneficio y como apremiante estímulo de  la delirante especulación de mis fantasías eróticas.
Y teniendo encuentra la cantidad de tías con las que me puedo topar cada día...  Pues eso.
Puedo asegurar pues que me siento feliz y jovialmente rodeado de coños.
Porque no es dramático esto que me sucede.  Para nada.  No me agobia, ni me atormenta.  Por el contrario, la situación se me antoja bastante cachonda y distraída.
Cuando las miro,  ninguna puede sospechar que en la pantalla que se despliega en algún lugar perdido de mi cochambroso cerebro se proyecta, en un magnífico y esplendente estandar HD-tridimensional,  una concupiscente y jugosa imagen de lo que yo supongo que es su coño desnudo.
Y es que ellas,  pobrecitas mías,  no pueden evitarlo; simplemente porque lo ignoran.
No se colocarán, en un arranque de pudorosa virtud,  la mano en actitud protectora delante de su primoroso coño; como hacen cuando creen que lo que les estoy atisbando es la pechuga.  Muy al contrario, si hago descender mi vista en forma de fugaz ojeada que me permita palpar visualmente,  ellas lo interpretan como una muestra de inocente timidez.
El caso es que imagino tantos tipos de coño como perfiles femeninos  puedo establecer.
Unos tiernos y lozanos, fragantes, tal y como aprecio algunas  jóvenes naturalezas. 
Otros sedosos y aromáticos, velados por inconfesables secretos; dueños del mismo enigma que le confiero a las seductoras mujeres que los miman delicadamente entre sus muslos.
O aquellos, voluptuosos y procaces, salobres  —mascarón de proa de inabordable bajel— de esas mujeres que me arrastran a la boca de un volcán de deseos, enredado en su aura salvaje.
Inocentes. Sonrientes. Contumaces. Torpes. Impertinentes. Locuaces. Besucones. Ávidos. Avezados... Incluso ásperos y chirriantes.
La lista sería inagotable, como lo es el permanente desfilar de mujeres que a diario aparecen ante mis ojos.
Curiosamente los únicos coños que escapan a esta irresistible tendencia mía son aquellos que auténticamente conozco.  Es decir,  los que he humedecido, acariciado, besado, rechupeteado, penetrado, explorado, confitado, palmeado...  E incluso como el tuyo, querida mía,  aprendido de memoria.   Todos los que en algún momento han sido míos.
O tal vez debería reconocer que yo he sido de ellos;  me temo que eso nunca voy a poder  tenerlo claro.
Porque como cantaba John Lennon, cuando estaba lleno de vida, creatividad y probablemente humo de marihuana:

"I once had a girl
or should I say
she once had me..."

 
Y es que todo es complicadamente relativo, o relativamente complicado.
Cuando veo a una mujer por primera vez,  a pie de calle,  en el autobús, o en la sala de espera del dentista,  la falda, el pantalón, las bragas...  inmediatamente se desvanecen ante mis ojos y se muestra  galante, seductor y protagonista,  su estimable coño.  Como el de mi veinteañera y espléndida vecinita, a la que me encuentro casi todas las mañanas en el garaje  cuando voy a coger mi coche.  Visualizo y casi huelo su delicioso coñito, pulcramente depilado y despidiendo aromas de lavanda  y talco satinado.
De verdad que no es una tortura.
Ni, como al principio decía, una obsesión.
Bueno, pues con esto lo dejo,  porque acabo de ver posarse un coño en el alfeizar de mi ventana y creo que voy a ir a echarle unas miguitas de pan;  para que así vuelva otro día: alegre, dicharachero, cantarín.
Las iras de Nun arrastren a los infiernos a aquel que se le ocurra decir que estoy encoñado...


                                                                                                                   (Bolín de Forest)





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