Hablemos de Blanca

 


Blanca se reconoce estimulantemente enamorada. Incluso le asalta el temor de estar llegando inevitable y fatalmente a amar.
Pero ambos accidentes sentimentales no le ocultan otra certeza: lo mucho que le gusta follar con Marcel.
Porque Blanca es una mujer capaz de derivar su circunstancia  pasional por un lado y  la compleja realidad de su yo sexual por otro.
A Blanca le revolotean incansables mariposas por todo el estómago, como a cualquiera.
Algunas mañanas sonríen,  más luminosas que de costumbre.
Ciertas noches se ciernen, opresivamente más densas.
Todo desde que la imagen de Marcel se instaló permanente en su ánimo.
Considera, a ratos, la posibilidad de un futuro largamente compartido.
Pero entre una angustia y otra desazón, siempre hay lugar para un buen polvo; que desdramatiza todo lo incontrolable y peregrino.
Digamos que no es la primera vez que Blanca se enamora.
¿Pero en cuántas ocasiones ha amado antes?
Su extrema juventud justifica que aún no haya dado pasos demasiado firmes sobre tan irregular camino.
Hablar de enardecimiento, cuando Blanca se abandona entre los brazos de Marcel, sería decir poco, muy poco.
A ella le gusta saber que el sabor de su carne le explota a Marcel en la boca.
Le gusta desde que él se lo dejó, como susurro ronco una tarde de revueltas sábanas, en un hueco desnudo entre la oreja y el hombro izquierdo, también desnudo.



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