El primer verso, de cualquier poema
con el que me dispongo a la batalla,
es siempre un nuevo salto entre tinieblas.
Esperar el instante de la luz
forma parte del nudo de emociones
que me lega el proceso creativo.
Nunca sé cuándo voy a ver el destello
y eso proyecta mi ánimo con ansia.
En ocasiones
esa claridad tarda eternidades
en abrirse, tallando una sonrisa
en mi rostro de autor impenitente.
El primer verso de cualquier poema
se obstinaba en ser fiel a la negrura
aun a pesar de múltiples intentos
de darle luminosa compañía.
Pero no he sido yo quien se ha rendido.
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